Carmen Bastián de Fortuny: problemas de recepción e interpretación

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Francesc Quílez

A lo largo de su carrera artística, fueron muy escasas las ocasiones en las que Fortuny cultivó la temática del desnudo femenino; un género con el que siempre mantuvo una actitud preventiva y por el que no sintió una especial predilección, si exceptuamos dos producciones muy icónicas que, con el paso del tiempo, se han convertido en dos de sus trabajos más admirados.

La Odalisca: la primera incursión de Fortuny en el desnudo femenino

Mariano Fortuny, L’Odalisca, 1861
Mariano Fortuny, La Odalisca, 1861

El primero de ellos, la Odalisca, obra enmarcada en su ya conocida querencia por la temática orientalista, fue realizado en Roma en 1861 y, a pesar de resultar una imagen que sigue concitando una gran unanimidad crítica, y despierta una gran admiración, conviene no olvidar que respondió a las necesidades formativas del artista. Al fin y al cabo, la pintura nació como un acto reflejo, una respuesta obligada a la petición de la Diputación de Barcelona, que le reclamaba alguna muestra de sus progresos como artista, que viniera a corroborar que la decisión que había tomado, la de sufragar los gastos de su beca de pensionado en Roma, había merecido la pena. Con anterioridad, en 1860, el reusense ya había realizado su primer viaje a Marruecos y había comenzado a trabajar, entre otros, en el cuadro de la Batalla de Tetuán.

Este contexto histórico es importante recordarlo ya que, contrariamente a lo que podía resultar más previsible, la aproximación del pintor al tema orientalista fue, en cierto modo, decepcionante, ya que en el caso que nos ocupa, lejos de distanciarse de los tópicos y estereotipos culturales, o de abordar el tema sin prejuicios, ni deudas literarias, mostró una actitud indisimulada de subrayar la imagen  más convencional, renunciando al bagaje que había asimilado durante esta primera estancia marroquí y que tuvo una repercusión muy beneficiosa para su evolución como pintor.

Carmen Bastián,  una obra desconcertante y enigmática

Diez años más tarde, en el contexto de actuación granadina, Fortuny volvió a reencontrarse con la temática del desnudo femenino y en ese tiempo transcurrido la metamorfosis fue total.  Las referencias literarias, o la evocación de las tipologías mitológicas o sagradas habían sido abandonadas y habían dado paso a una obra original, desconcertante y, al mismo tiempo, compleja, por enigmática. Un enigma que hoy en día sigue siendo difícil de desentrañar y que nos plantea un gran número de interrogantes y que cuestiona muchas de nuestras propias certidumbres sobre el autor, o sobre la forma de acercarse a un tema que no dejaba de constituir un tabú en su época.

Sin duda,  Carmen Bastián, debido a su rareza, e incluso excepcionalidad, es un trabajo inclasificable. ¿Estamos ante un retrato, es una pintura de género costumbrista o se trata de una provocación, una especie de divertimento extravagante?

Mariano Fortuny, Carmen Bastián, hacia 1871-1872
Mariano Fortuny, Carmen Bastián, hacia 1871-1872 

Para empezar, no hay duda de que nos encontramos ante una pintura que debe ser leída en clave interna, incluso nos atreveríamos a decir intimista, porque se incluye en la categoría de las prácticas artísticas privadas, en las que concurre una intención restrictiva, limitada al solazo, al divertimento de su creador. Sin embargo, al pasar a  formar parte de una colección patrimonial pública, su exposición permanente ha reconvertido la inicial intención ocultista, reservada a la mirada privativa del creador, dejando en entredicho, en suspenso, la primera idea del artista y provocando un problema de recepción estética, ya que Fortuny nunca la concibió para que fuera adquirida por un supuesto cliente, ni mucho menos pudo imaginar que esta irreverente pintura acabaría colgando de la pared de una sala de un museo público.

La prueba es que la familia, incapaz de aceptar una obra de estas características, al considerarla un extravío de su autor, la acabó convirtiendo en una rareza prohibida, un objeto que era necesario ocultar porque evocaba los fantasmas del pasado e incluso contribuía a desmitificar la aureola de respetabilidad que siempre le había acompañado, su reputación como artista laureado. Era necesario exorcizar esta “desviación” pecaminosa, velando la composición, dificultando su contemplación, ya que generaba una gran incomodidad y no tenía una fácil explicación. Lejos de advertir su fuerza magnética, de celebrarla como un auténtico logro pictórico, la familia adoptó una posición conservadora y renunció a compartirla, sometiéndola a un juicio moral que la condenaba eternamente al más absoluto ostracismo.

Esta apreciación explicaría la existencia de un legendario relato oral, que contribuyó a envolverla en una bruma de misterio; el citado episodio mencionaba la existencia de una cortina que impedía su visión y únicamente se podía acceder a ella, después de descorrer este velo. En cierto modo, el comportamiento familiar, de la imagen velada, mostraba ciertas semejanzas con los famosos gabinetes privados reales, dedicados a ocultar las imágenes prohibidas de mujeres desnudas, que eran desveladas en ocasiones especiales. Si bien, en este caso, detrás de estos comportamientos existía un pretexto sagrado o mitológico que permitía descubrir el misterio y poder compartirlo, como no podía ser de otro modo, con una élite masculina.

La vulgaridad de Carmen Bastián en medio de una sociedad moralista y clasista

Aunque ya no nos pueda escandalizar, sí que debemos reconocer que estamos ante una obra desconcertante, casi insólita, de lectura interpretativa difícil y es innegable que, más allá de determinados aspectos estilísticos, cuesta reconocer en ella las características que definen la figura de su creador. Lo cierto es que el supuesto erotismo de la imagen queda atenuado e incluso neutralizado por la vulgaridad y la desfachatez con la que la protagonista muestra su sexo, sin ningún tipo de reparo, ni sensualidad. Tampoco se trata de un ejercicio misógino, voyerista, o lascivo, ya que la mujer, al mantener una actitud ordinaria, no es contemplada como un objeto erótico o sensual que pueda ser capaz de despertar las pulsiones eróticas masculinas.

Lejos de cosificar la imagen, o de fijar unos códigos compartidos y reconocidos por el espectador, Fortuny parece dejarse embriagar por la banalidad de la imagen, sin entrar a enjuiciar moralmente el comportamiento de la protagonista. Sin embargo, en la representación sí que parece subyacer un deseo de poner en valor la actitud desprejuiciada de una persona que no se deja influir ni por las costumbres, ni por las convenciones,  ni por los valores morales de la sociedad burguesa. En este sentido, el pintor se limita a mostrar, con una cierta actitud clasista, e incluso paternalista y condescendiente, la imagen de una mujer que se rige por unos principios, que cabría calificar como primitivos, y que responde a impulsos e instintos que no han sido sometidos, ni corregidos por la educación y la moral burguesas.

En cierto modo, sin pretenderlo, el reusense adopta una actitud de superioridad moral, ya que se congratula de poder contemplar y mostrar este gesto desinhibido y sin ningún tipo de cortapisas, pero, al mismo tiempo, no oculta la necesidad de dejar bien patente que él pertenece a otro grupo social; un grupo en el que este tipo de actuaciones consideradas vulgares y chabacanas no tienen cabida por extemporáneas e irracionales.

Estos prejuicios clasistas también podrían hacerse extensivos al círculo social del pintor. Para todos sus más allegados, una obra de esta naturaleza, habría despertado una respuesta lógica de incomprensión y perplejidad. Si efectuamos un ejercicio de ciencia ficción, podemos convenir en que, muy difícilmente, en caso de haber tenido la ocasión de contemplarla, la receptividad hubiera sido positiva.

Una obra provocativa, sin quererlo

A nuestro juicio, las anteriores reflexiones pondrían, pues, en entredicho la supuesta intencionalidad transgresora de la composición, ya que la pintura no fue, ni mucho menos, concebida para satisfacer un objetivo de provocación, ni puede enmarcarse en el contexto en el que surgieron otras obras contemporáneas, de parecidas características, como fue el caso de la Olympia de Manet, o el El origen del mundode Courbet, con las que muchas veces se la ha querido comparar. Creemos que las analogías son exageradas y gratuitas, porque en el caso de estas dos últimas, sí que existió una intencionalidad por parte de sus autores de cuestionar determinadas convenciones sociales y culturales, a lo que cabría añadir, entre otros aspectos, un cuestionamiento del rol tradicional asignado a los géneros artísticos.

Sin embargo, a pesar de lo expuesto, también no es menos cierto que la contemplación de la obra no deja indiferente a nadie y suele provocar un gran impacto emocional e incluso una lógica reacción de estupor, ya que, como hemos mencionado anteriormente, se trata de un trabajo muy alejado de la sensibilidad del pintor y, aunque pueda resultar una obviedad, se trata de una producción inusual, por atípica, de su forma de entender la práctica pictórica e incluso distanciada de su cosmovisión.   

Carmen Bastián: Una obra inacabada de Fortuny

Sin entrar en consideraciones valorativas sobre el significado, o el simbolismo de una obra tan sorprendente, sí que queremos destacar un aspecto interesante porque nos permite conectar con un leitmotiv muy presente en toda su producción: el del non finito. Se trata de un tópico recurrente que abre una perspectiva diferente y plantea la necesidad de revisar determinados estereotipos historiográficos. No en vano, actuaciones de este tipo ponen en entredicho la supuesta condición perfeccionista y preciosista del artista. Al mismo tiempo, engrandecen al personaje ya que no deja de tratarse de una muestra de debilidad, de duda o de vacilación que le lleva a arrojar, de manera inesperada, la toalla, a reconocer sus limitaciones, frustraciones o incluso, porque no especular sobre ello, un propósito de construir una opción alternativa al canon.

De hecho, la obra, en sí misma, aunque no deja de constituir un fenómeno paradójico, pertenece a esta categoría de obras inacabadas, dejadas a medio hacer, lo cual incrementa aún más el halo de misterio que la envuelve. Si efectuamos una mirada de aproximación podemos observar, como un recurso también frecuente en otras realizaciones suyas, la inquietante presencia de una figura, representada en la pared blanca que cierra la composición, muy esbozada, apenas perfilada y que adopta las características de un grafiti, o un simple garabato visual.

Detalle de la figura que aparece en la pintura Carmen Bastián
Detalle de la figura que aparece en la pintura Carmen Bastián

Se trata de una silueta difícil de descifrar, porque ha sido realizada de manera muy esquemática, con un trazo que delimita un perfil a medio hacer y que parece dibujar, o medio esbozar, una forma femenina.

En cualquier caso, nos encontramos, una vez más, ante una referencia visual que es introducida por el autor con una pretensión desconocida, pero que acaba adoptando un registro lúdico, una transgresión concebida como una cita enigmática destinada a provocar en el espectador una visión desconcertante. De todos modos, el hecho de que toda la composición esté inacabada, permite aventurar que la mencionada figura también pudo responder a la misma motivación y que el autor la hubiera dejado a medio hacer, a pesar de que la idea inicial hubiera sido la de concluirla.

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Francesc Quílez
Gabinet de Dibuixos i Gravats

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