Las mujeres en el arte. De la figura inventada al propio cuerpo

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Júlia Lull Sanz

La función social de las imágenes

El historiador del arte Georges Didi-Huberman plantea que las imágenes tienen la capacidad de “tocar lo real”. Esta afirmación busca subrayar, por un lado, la función social determinante de las imágenes más allá de su valor estético, y por otro, hacer hincapié en la fuerza evocadora y generadora que tienen las imágenes para abrir nuevas posibilidades de relación con el mundo.

Hasta no hace mucho, los museos se concebían como templos donde expertos, aficionados e intelectuales de cualquier tipo iban a disfrutar de las propuestas creativas realizadas por los grandes genios del pasado. Podríamos decir, en este sentido, como anunciaba ya William Morris a finales del s. XIX, que los museos serían “los templos de los laicos”, donde la doctrina histórica del pasado es recitada y asumida por el/la espectador/a sin cuestionamientos posibles. Hoy en día, esta concepción ha cambiado mucho, pues los museos se presentan ante sus públicos como espacios abiertos, inclusivos y dinámicos donde encontrar múltiples posibilidades de lecturas del pasado, con el objetivo último de facilitar puentes y conexiones para pensar nuestro mundo presente. La historia se nos presenta, entonces, como un relato construido susceptible de ser modificado y revisado por el museo, pero también por sus visitantes.

Nuestro mundo está lleno de construcciones ficcionales intencionadas que todavía hoy en día funcionan como verdades establecidas. El filósofo Michel Foucault dedicó gran parte de su obra al estudio de los efectos de poder y la producción de verdades en las distintas etapas históricas. En este sentido, los objetos artísticos se convierten en herramientas fundamentales para el estudio y la visibilización de la producción de algunas de estas ficciones, como transmisores de los valores, imaginarios y discursos confeccionados en cada época pasada.

El compromiso de los museos con una lectura del pasado no patriarcal

Las instituciones museísticas y sus discursos por fin empiezan a aceptar su responsabilidad en el momento de contribuir a revisar la forma en la que se ha explicado el mundo, aceptando que, desde el presente, lo que recordamos y guardamos como objetos artísticos son selecciones determinadas o parciales. Una de las más grandes tergiversaciones históricas es la que se refiere al papel de las mujeres como agentes productoras de cultura.

Feliu Elias, El sombrero nuevo, hacia 1935
Feliu Elias, El sombrero nuevo, hacia 1935

La historia del arte está llena de olvidos con nombre de mujer. Es por eso que una de las gran paradojas del arte es el simple hecho que, mientras las mujeres abundan como modelos y objetos de contemplación en las producciones artísticas, están, en cambio, ausentes como agentes productoras de cultura. Esta realidad, que durante mucho tiempo se ha normalizado, perpetuado y aceptado como “natural”, no es más que una ficción fruto de un sistema de relaciones sociales patriarcales basadas en el sometimiento de la mujer. Aun así, no podemos obviar que nuestro conocimiento de la historia del arte siempre será parcial si no aceptamos que hemos desatendido durante siglos las miradas de casi el otro 50% de la sociedad. Podríamos decir, incluso, que nos falta medio mundo por conocer.

No solo esto, a la falta de presencia en los museos de obras de arte producidas por mujeres artistas, debemos sumarle, como hemos dicho antes, el exceso de representaciones femeninas construidas bajo la imaginación masculina. La imaginación patriarcal y capitalista dominante ha monopolizado la producción de imágenes hasta hace muy poco, produciendo y reproduciendo un imaginario que excluía o menospreciaba todo lo que no fuera el hombre blanco heterosexual.

De todos modos, si entendemos los objetos artísticos como artefactos culturales de primer orden capaces de ofrecer una mediación compleja con el pasado, podemos utilizarlos para reseguir los procesos de construcción de esta gran ficción que es el sistema patriarcal que, todavía hoy en día, quiere regir nuestras vidas. Dentro de la exposición permanente del Museu Nacional d’Art de Catalunya podemos encontrar representadas, ya desde 2014, a siete mujeres artistas. El hecho es muy positivo si tenemos en cuenta que antes el número de mujeres artistas expuestas era cero. De todos modos, la proporción en relación con las mujeres artistas sigue siendo muy insuficiente.

El arte como herramienta subversiva

Las obras de estas mujeres artistas abren el foco y amplían nuestro punto de vista sobre el pasado ya que, como decían las Guerrilla Girls (grupo creado hacia 1985 por artistas feministas y activistas de Nueva York para combatir el sexismo y el racismo en las instituciones artísticas): sin las mujeres y las artistas racializadas solo vemos la mitad del cuadro.

Guerrilla Girls, The advantages of being a woman artist, Colección MACBA

Cuando las mujeres hablan a través del arte, su obra cuestiona el sistema patriarcal y se puede convertir en una herramienta subversiva. El contenido del arte femenino es, a la fuerza, disidente y en consecuencia original e innovador, puesto que muestra unos puntos de vista hasta ahora no explorados. Un posicionamiento que comporta que este potencial artístico se convierta también un potencial político.

Así, por ejemplo, pudimos comprobar en la exposición Lluïsa Vidal. Pintora del modernismo, realizada por el Museu Nacional d’Art de Catalunya el 2016, cómo esta artista recogía una visión sobre la intimidad femenina llena de riqueza y complejidad, al mismo tiempo que señalaba críticamente alguna de las razones que han perpetuado la condición social desigual entre hombres y mujeres.

Lluïsa Vidal, Autorretrato, hacia 1899

Lluïsa Vidal, Autorretrato, hacia 1899

En 1897, Lluïsa Vidal pinta en Sitges una maternidad bastante especial: ninguno de las protagonistas se dirige a nosotros. En primer plano vemos a una niña sentada sobre una silla con una muñeca en brazos, reproduciendo el mismo gesto que su madre, a la que vemos en segundo término, dando de mamar al bebé. Evidentemente, no se percibe ningún punto de erotismo, ni de provocación, ni de sublimación del hecho. En esta obra, Vidal amplía la imagen de la maternidad con una “segunda maternidad” sórdidamente imitadora, que nos ilustra con la niña y la muñeca.

Lluïsa Vidal, Maternidad, hacia 1897
Lluïsa Vidal, Maternidad, hacia 1897. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público

Pero el cuadro es un relato mucho más completo y complejo: si lo observamos con atención, vemos que, entre la madre y la niña, en la parte superior, en la pared, el artista ha pintado una jaula vacía, justo en el vértice del triángulo formado por estos tres puntos. Nos podemos preguntar si esta jaula tiene algún significado. Quizás la artista nos está hablando del destino establecido por el patriarcado para todas las mujeres desde que nacemos. Como si la maternidad fuera la capacidad de dar vida, pero también la prisión de las mujeres.

Virgen de Sanaüja, segunda mitad del siglo XIV
Virgen de Sanaüja, segunda mitad del siglo XIV

El arte como síntoma del mundo que lo ha producido

El arte nos ofrece también imágenes que recogen y expresan muchos de los aspectos de la sociedad que lo crea. En este sentido, fue en el contexto del cristianismo medieval donde se difundió, con más fuerza, este estereotipo de la mujer-madre que, con tanta fuerza, ha marcado el imaginario social respecto a lo que debe ser una mujer. Este modelo iconográfico, tomado de las diosas primitivas, abundando en tiempos del románico y que se afirma verdaderamente en el arte gótico, se perpetuará a lo largo del tiempo con ligeras variaciones, y propondrá la maternidad como la razón sustancial de la existencia femenina. La mujer como máquina de afecto y cuidados, que da vida pero que no expresa ninguna señal de existencia autónoma y significativa fuera de esta relación reproductiva, quedará recluida dentro del hogar, espacio privado y doméstico diferenciado de la esfera pública a la que no tendrá ningún tipo de acceso. Este es un buen ejemplo de como los poderes de un momento y su concepción del mundo marcan el imaginario global de una sociedad e incluso la trascienden.

Rafael Sanchis, Escena de interior, 1911
Rafael Sanchis, Escena de interior, 1911

El imaginario masculino ha tratado el cuerpo de la mujer como si de un objeto más se tratara. Esta objetualización del cuerpo femenino a lo largo de la historia del arte va de la mano de la normalización y naturalización de la violencia sobre ella y su cuerpo. Desde las escenas míticas de raptos y violaciones de mujeres, que forman parte del imaginario de las sociedades históricas y que podemos reseguir a través del arte desde Egipto hasta hoy mismo, representada por la publicidad, nos encontramos con la idea de la mujer-objeto formando parte de nuestra cultura visual, igual que lo hace la violencia sobre sus cuerpos.

Gerald Edward Moira, Heracles y Deyanira, 1893
Gerald Edward Moira, Heracles y Deyanira, 1893

La paciencia y resistencia de los objetos artísticos

Si nos fijamos en ello, las obras exponen y señalan de una forma paciente y persistente verdades a la espera de miradas críticas y curiosas que quieran preguntarse por qué las cosas son como son. A través del arte podemos averiguar, como diría Simone de Beavuoir, los procesos a través de los cuales las mujeres “no nacen, se hacen”. Cuando Didi-Huberman afirma que las imágenes “tocan lo real” se refiere precisamente a su capacidad de afectar a nuestra mirada y abrir nuevas posibilidades, no solo de observación, sino de comprensión del mundo. Esto las feministas lo sabemos muy bien, así el arte es uno de nuestros dispositivos preferidos para deconstruir el imaginario patriarcal y un fructífero campo de experimentación para presentar alternativas que re-configuren y liberen nuestro imaginario.

Enlaces relacionados

Las mujeres en el arte. De la figura inventada al cuerpo propio. Itinerario virtual.

Mujeres Artistas del Museu Nacional

Lluïsa Vidal, una mujer artista en un mundo de hombres 

La evolución de la mujer ilustrada en el arte 

Identidades femeninas en el arte

Júlia Lull
Historiadora del arte, especialista en estudios de género
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