La melancolía parisiense de Ramon Casas

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Martí Casas

¿Qué historia nos quiere contar Ramon Casas en la obra Interior del Moulin de la Galette? Este cuadro es uno de los más enigmáticos de la producción del gran pintor del modernismo, un maestro especializado en el retrato que raramente pintaba temas complejos que pudieran prestarse a más de una interpretación. Sin embargo, la escena que vemos, no parece tener un contenido tan intranscendente como el de la mayoría de paisajes e interiores que pintó a lo largo de su trayectoria. Aquí se intuye un conflicto, una historia de infelicidad que en principio no parece tener una explicación clara aunque cautiva rápidamente la atención del espectador.

Ramon Casas. Interior del Moulin de la Galette, hacia 1890-1891

La obra nos sitúa en el interior de la famosa sala de baile del barrio de Montmartre, que se levantaba en un recinto de ocio más amplio donde también había jardines, atracciones de feria y el molino que daba nombre al local. En el cuadro, la sesión de baile ya ha empezado, porque vemos a los músicos tocando sobre el escenario, pero ni el ambiente parece demasiado animado (el local está prácticamente vacío), ni las tres figuras del primer plano parecen tener demasiadas ganas de bailar. La más cercana al espectador es una chica de perfil que observa alguna cosa fuera del cuadro. No sabemos qué mira, pero queda claro que no es de su agrado, puesto que en el rostro serio se adivina una mirada triste y melancólica.

En el otro lado de la mesa, una pareja medio abrazada. El hombre, con la cara tapada tras un sombrero de copa, acaricia a su compañera, quien también parece estar afligida. Lo intuimos por su expresión seria y la mirada perdida y vidriosa. Él debe estar consolándola. A pesar de que los tres personajes están sentados en la misma mesa, como si fueran amigos o se conocieran, no existe ningún contacto visual entre la pareja y la chica. Están todos encerrados en sí mismos. La escasa animación del local aumenta la sensación de soledad de los personajes y la imagen de decadencia y de tristeza de la escena.

¿Por qué no son felices las protagonistas de Interior del Moulin de la Galette? los historiadores han apuntado varias teorías, pero antes de comentarlas situaremos la obra en su contexto.

París 1900

Ramon Casas. Le Sacré Coeur, Montmartre. París, hacia 1900

Con el cambio de siglo París era la capital mundial del arte, y todo el que quería abrirse camino en este mundo procuraba ir allí. Aunque Ramon Casas realizó en la ciudad varias estancias, la más relevante de su carrera es la que hizo con Santiago Rusiñol entre finales de 1890 y abril de 1892. El hecho de trabajar varios meses codo con codo en la Ciudad de la Luz en plena ebullición artística mejoró significativamente la calidad de las obras de ambos artistas. Ramon Casas, un pintor de ritmo muy irregular, vivirá en París una de sus etapas más prolíficas, coherentes y homogéneas. La presencia de Rusiñol, un artista mucho más exigente y con unas inquietudes intelectuales que Casas no poseía, enriqueció y profundizó sus obras. En cuanto a Rusiñol, que como pintor estaba menos capacitado que su compañero, pintará al lado de Casas unas composiciones más complejas y elaboradas.

Pierre-Auguste Renoir. Bal du moulin de la Galette, 1876 (Dominio público)

Durante esta estancia conjunta, el barrio de Montmartre y muy especialmente el Moulin de la Galette, junto al piso donde vivían, se convertirán en los grandes protagonistas de sus obras. Pero a diferencia de otros artistas, como Auguste Renoir en el famosísimo Bal du Moulin de la Galette, hoy en el Musée d’Orsay, Casas y Rusiñol no mostrarán el baile en los momentos más alegres y bulliciosos, sino cuando está más vacío y ofrece una imagen más sórdida y decadente. ¿Por qué esta mirada negativa sobre el Moulin? Por una parte, los dos pintores catalanes frecuentaron este recinto a lo largo de un invierno especialmente duro y riguroso. En esta estación del año parece ser que el Moulin recibía menos público y la imagen era más gris y menos colorista que durante la primavera. Por otra parte, este aspecto desencantado del baile debió estimular el espíritu decadentista y a menudo melancólico de Santiago Rusiñol, quien transmitirá una visión muy dura y negativa sobre la sala de baile en las crónicas que escribía periódicamente en La Vanguardia con el título “Desde el Molino”. Esta mirada terrible sobre el Moulin de la Galette, descrito casi como un recinto demoníaco donde “nadie rie, si bien grita todo el mundo”, es la que Rusiñol plasmará en sus pinturas.

Santiago Rusiñol. Laboratorio de la Galette. París, 1890-1891

Ramon Casas, que era más alegre y despreocupado y se sentía mucho más cómodo en el mundo que le había tocado vivir, optará de manera sorprendente por ofrecernos también esta misma visión pesimista, no sabemos si porque compartía la opinión de Rusiñol sobre el local o porque se dejó llevar por la mirada melancólica de su amigo. El caso es que durante su estancia de 1890 a 1892 Ramon Casas terminó diferentes pinturas donde el Moulin de la Galette aparece siempre con esta visión desencantada, ya sea del interior del baile o del exterior.

Ramon Casas. Bal du moulin de la Galette, 1876 (Dominio público)

La pintura más magistral de este momento es seguramente Bal du Moulin de la Galette, en el museo del Cau Ferrat de Sitges, donde el pintor, con una paleta fría y oscura, nos muestra la sala de baile desde una perspectiva aérea que convierte a los personajes en sombras huidizas que se mueven espasmódicamente en medio de una pista casi vacía.

La mujer en la obra de Ramon Casas

Junto a esta obra maestra con un encuadre más general, Casas pintará en el Moulin varias escenas protagonizadas por una mujer sentada y bebiendo sola (o prácticamente sola), que observa algo fuera del espacio visible del cuadro.

Ramon Casas. Plein air. París, hacia 1890-1891

Conservamos cuando menos tres excelentes pinturas del artista que comparten protagonista femenina y un planteamiento similar. Por una parte, Plein air, que posee un tono menos dramático que las otras dos porque está ambientada en el exterior del Moulin, y eso la convierte en menos angustiosa. También contribuye a ello que la protagonista aparezca vestida de forma más elegante, más respetable. Y el hecho de que gire la cabeza en dirección contraria al espectador nos impide conocer su estado de ánimo: puede ser que su soledad sea motivo de tristeza y de impaciencia, pero también puede ser que esté disfrutando del momento.

Ramon Casas. Madeleine o Au Moulin de la Galette. París, 1892 (Dominio público)

Las otras dos obras, ambientadas en el interior del local, son mucho más cercanas conceptualmente. La primera es, justamente, Interior del Moulin de la Galette. La otra es la famosa Madeleine del Museu de Montserrat, seguramente la obra más icónica y popular de todas las que Casas pintó en París. Tanto en una como en otra, vemos en primer plano un personaje femenino de expresión triste y angustiada que mira claramente fuera del cuadro. Sin embargo, en el caso de la Madeleine, el motivo del desasosiego parece más claro y diáfano: los celos amorosos. A través del reflejo del espejo, que nos retorna una amplia perspectiva de la sala, vemos que lo que contempla la protagonista con rabia contenida es una pareja bailando abrazada en el centro de la pista. Entendemos así el intríngulis íntimo del cuadro gracias a un recurso pictórico singular que es a la vez un homenaje al gran maestro Édouard Manet y a su célebre obra Un bar del Folies Bergère, hoy en el Courtald Institute of Art.

Édouard Manet. Un bar del Folies Bergère, 1882 (Dominio público)

Conociendo la respuesta al misterio de la historia de Madeleine, ¿podemos aplicar la misma receta a la enigmática Interior del Moulin de la Galette? Parece ser que sí. O al menos, así lo han hecho los historiadores, que han sugerido que la tristeza de la chica de perfil podría ser debida al descubrimiento de una infidelidad de su amante. La dureza del rostro expresaría una mezcla de sentimientos: ira, traición, celos. Otros autores han ido incluso más lejos y han apuntado la posibilidad de que Ramon Casas quisiera narrar aquí dos episodios sucesivos de una misma historia, a partir de personajes diferentes que coinciden en un mismo tiempo y en un mismo espacio. De esta forma, la mujer de perfil sería la representación plástica de la primera parte del relato, el descubrimiento de la infidelidad, y la pareja del otro lado de la mesa describiría la segunda parte del conflicto: el amante infiel se disculpa y se justifica ante la pareja traicionada e intenta consolarla para conseguir su perdón.

La apuesta por la teoría de los celos parece acertada si tenemos en cuenta la crítica que el Diario Mercantil del 8 de noviembre de 1891 hizo de esta obra a raíz de su inclusión en la segunda exposición que Casas realizó en la Sala Parés junto a Santiago Rusiñol y Enric Clarasó. Según este periódico, en una obra, “titulada Celos, véase en primer término una joven de busto muy parisense, presenciando la infidelidad de su predilecto, que en mesa cercana obsequía a más afortunada griseta”.

Ramon Casas. Jalousie. París, 1891

La referencia del periódico a la obra que nos ocupa parece clara, y aun es más significativa la confusión del autor de la crítica al mencionar su título. Celos ­−o Jalousie, en el original en francés escogido por Ramon Casas− era el nombre de otra obra presente en la exposición, que había aparecido reproducida en La Vanguardia el día anterior. Este cuadro parece una versión previa más explícita de la Madeleine, tanto por el título inequívoco escogido por el pintor como por la expresión más agria del rostro de la protagonista, que parece morderse ligeramente el labio en una clara manifestación de rabia contenida.

Jalousie se halla en paradero desconocido desde que se expuso en Barcelona en 1891. No es la única obra de Ramon Casas que se ha extraviado: también se desconoce el destino de las que debió vender en París durante aquel período. Pero el caso de Jalousie es interesante porque sabemos cómo era la obra gracias a varias fotografías y, al ser expuesta en Barcelona, seguramente debió ser adquirida por un coleccionista catalán.

Quién sabe, quizás algún día, más de 100 años después, reaparecerán por sorpresa los celos perdidos de Ramon Casas.

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